Ejercer la psiquiatría no implica que se tenga una visión más clara o menos confusa que los demás sobre el panorama político, social, económico y cultural de Venezuela, a febrero del 2003. Como casi todos, los psiquiatras venezolanos padecemos de incertidumbre e inseguridad.
Estamos viviendo una situación extrema, en la cual, o nos comportamos como corderos y nos dejamos llevar al oprobioso matadero de la dictadura del populismo caudillista o actuamos como agentes agresivos y violentos de una descarnada y fratricida guerra civil. Por supuesto, no queremos vivir lo que estamos viviendo, ni queremos que nuestras peores pesadillas nos agoten y nos llenen de angustia y miedo del futuro. Estamos en esta disyuntiva histórica, como consecuencia del deslizamiento progresivo y constante hacia la hegemonía política, el irrespeto a los derechos humanos, el desprecio de los poderes públicos, el despilfarro administrativo y la ineptitud, de un gobernante, que, ungido por el seguro y confiable resultado de una votación democrática, por todos aceptada, se cree con patente de corzo para manipular con las leyes y los hombres las voluntades de un pueblo noble, bueno, pacífico y solidario.
Es de importancia vital luchar por el país que queremos. Dentro de la gama de acciones que cabe desplegar entre el cordero y el basilisco, esta la humana actitud de resistencia y rebeldía activa y pacífica, hasta lograr el privilegio de elegir nuevos gobernantes que cumplan con nuestro deseo de construir un estado generoso, democrático, respetuoso de las leyes, de la Constitución, la sociedad, el individuo, la economía, las ideas y su expresión libre y fluida, que proteja a los débiles, atienda a los enfermos, prevenga las situaciones de desgracia social, económica e individual, eduque a todos en la libertad y el respeto al conocimiento y a las ideas, y sienta orgullo de hacerlo, que valore los méritos en el trabajo y en la creación y generación de empleos y riqueza. Que sea, en fin, un estado para los individuos, sin distinciones de ningún tipo y que provea bienestar, libertades, respeto, seguridad física, equidad jurídica y salud a todos, por igual.
En la espera del resultado de nuestras acciones, seremos objeto de múltiples agresiones verbales y de hecho. El amedrentamiento y la presión de la descalificación, del insulto y de la calumnia, están diseñados para lograr que abandonemos nuestras posiciones. No podemos flejar. Firmes y sólidos en nuestra actitud. Sus argumentos se desmoronarán contra la roca de nuestra actitud moral. O es así, o será lo que no queremos.
Ya no son necesarias más pruebas de lo que será el futuro. El casi insensible paso de los cambios terribles que se han venido dando en el país, ha estado abrillantado por la ignominia, la indecencia, la humillación y la indignidad. El paso siguiente será el silencio obligado, el fin de la disensión pública.
Los psiquiatras, como servidores del individuo y factores de la sociedad, estamos en la doble e ineludible obligación de proteger y fomentar la salud mental del individuo, y no dejarnos manipular, por unos u otros, en el uso que se pretenda hacer de nuestra habilidad diagnóstica y descriptiva, para fines políticos, electorales, bélicos o de inmolación. Tenemos que guardarnos de no caer en la tentación de acusar con la psicopatología al enemigo de nuestras ideas, al oponente a nuestras acciones y, también, de procurar el equilibrio psíquico adecuado a aquellos que, por el temor y la angustia, extrapolen su sufrimiento a la sensitiva y referencial actitud defensiva, cargada de violencia y vacía de sentido común, que algunos pretenden. Ser psiquiatra puede significar aquí y ahora, brindar serenidad y sentido común.
lunes, febrero 17, 2003
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
