domingo, agosto 24, 2003

Médicos sin medicinas

El subtítulo de este artículo no es del todo objetivamente cierto, los médicos si tenemos medicinas, lo que pasa es que algunos medicamentos no se encuentran en las farmacias y nos sucede como cuando falta un latido del corazón, nos damos cuenta y nos asusta y, por supuesto, nos ponemos en guardia y nos hacemos más sensibles a los latidos y su ritmo. La falta de un medicamento es muy angustiosa para el paciente, a veces los médicos minimizamos el asunto cambiando por otro de distinta marca e igual contenido químico, pero, y ese es el mayor problema, no siempre hay otro fármaco igual o parecido en el mercado.

Hay pacientes, sobretodo aquellos que padecen enfermedades crónicas o recidivantes, que deben tomar determinados medicamentos por muy largos períodos o para siempre. En nuestro caso concreto de la psiquiatría, eso es frecuente. Veamos, hay consenso mundial que luego del tercer episodio de depresión mayor, debe mantenerse la medicación antidepresiva pues esta actúa de preventivo de nuevos episodios; los pacientes psicóticos es frecuente que consuman medicación antipsicótica por muy largos períodos; los antipsicóticos, aun los llamados atípicos, suelen producir efectos secundarios indeseables que se controlan eficazmente con otros fármacos. Tres ejemplos que justifican el uso permanente de medicación.

Últimamente, según informan algunos de mis pacientes o sus familiares, han faltado en las farmacias algunos fármacos como los antidepresivos paroxetina (Paxil®), imipramina de 25 mg (Tofranil®), la clomipramina (Anafranil®) y la amitriptilina (Tryptanol®), el antiparkinsoniano biperidén (Akinetón®) y los antipsicóticos tioridazina (Meleril®) y haloperidol en tabletas y de depósito (Haldol®), que no tienen genéricos ni copia alguna en el mercado. Al momento de escribir estas líneas ya han regresado a los anaqueles de las farmacias algunos de los mencionados, pero no en todas las presentaciones usuales. Mis pacientes que consumen esos fármacos ausentes fueron cambiados por mi a otros de similar acción, excepto en el caso del biperidén que no tiene sustitutos confiables, o en el caso del haloperidol cuyos posibles substitutos tienen precios comparativamente muy altos y su perfil de acción clínica es diferente o, en otros casos, no son formulaciones inyectables de larga duración.

Imagino que en otras ramas de la medicina estarán pasando situaciones parecidas. Los laboratorios carecen de reactivos confiables, los químicos, radioactivos o no, necesarios para ciertas pruebas especiales, tampoco se encuentran. No los mencionaremos hoy, ya que no es nuestra intención listar los fallos. La intención clara y descarnada de este artículo es exponer lo que considero una falta grave contra la sociedad por parte de algunas empresas de la industria farmacéutica y otras de la industria biomédica en general y decir que, al menos yo, no lo puedo aceptar. Ni siquiera podemos aceptar fallos de suministro de medicamentos esenciales y únicos por periodos tan cortos como «apenas un mes», como me comentó un representante de un laboratorio farmacéutico. Un mes de desesperación, de recaída, de sufrimiento, ¿Cómo va a ser aceptable eso?.

Simplemente no puede ser, no es aceptable.

Hace algunos años, ante una coyuntura semejante entre la política, la economía, el gobierno y la indefensa sociedad, se creó un mecanismo maligno de control de divisas, el infame RECADI, que arropó muchas empresas y personas con un manto de aparente impotencia y antes de arriesgar un bolívar o un dólar prefirieron no traer las medicinas tan útiles y necesarias para nuestros pacientes. Ello trajo como consecuencia que pacientes, por ejemplo, con trastornos severos de tipo obsesivo compulsivo, que dependían del único medicamento a la venta en las farmacias venezolanas que en ese momento servía como tratamiento, la clomipramina (Anafranil®), en aquel entonces de la casa farmacéutica Geigy, se quedaron sin tratamiento eficaz alguno y tuvimos que prescribir otras medicinas de menor efecto antiobsesivo o simplemente tranquilizantes, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de esos pacientes. Recuerdo un paciente joven de 16 años con un severo trastorno obsesivo compulsivo, muy bien controlado con clomipramina, que no tenían sus familiares tanto dinero como para viajar y comprarlo fuera del país o encargarlo, tuvieron que regresar a su lugar de origen, Vigo, España, para así poder continuar con el tratamiento del hijo que en un mes sin clomipramina se había deteriorado enormemente. Por cierto, actualmente está bien y bien controlado desde entonces con clomipramina. Mi reacción ante esa barbaridad de no suplir ese medicamento al mercado por una razón tan temporal e inhumana como la falta de dólares oficiales, fue la de no recibir más en mi consultorio los representantes farmacéuticos de ese medicamento y ese laboratorio.

Hoy muchos años después, ante la situación planteada por CADIVI y la incapacidad de sentir conmiseración con la desgracia del enfermo que es, al fin y al cabo, para quien producen los medicamentos los laboratorios farmacéuticos, he adoptado la misma actitud: no recibiré más en mi consultorio los representantes farmacéuticos de Paxil®, Haldol®, Meleril®, Akinetón®, procuraré prescribirlos lo menos posible y sólo, como siempre, en el mejor interés de mi paciente y es probable que cuando lo haga les indique a pacientes y familiares las bondades y alta calidad del producto prescrito y la baja confiabilidad social de la casa fabricante.

lunes, febrero 17, 2003

Actualidad venezolana, vista por un psiquiatra

Ejercer la psiquiatría no implica que se tenga una visión más clara o menos confusa que los demás sobre el panorama político, social, económico y cultural de Venezuela, a febrero del 2003. Como casi todos, los psiquiatras venezolanos padecemos de incertidumbre e inseguridad.

Estamos viviendo una situación extrema, en la cual, o nos comportamos como corderos y nos dejamos llevar al oprobioso matadero de la dictadura del populismo caudillista o actuamos como agentes agresivos y violentos de una descarnada y fratricida guerra civil. Por supuesto, no queremos vivir lo que estamos viviendo, ni queremos que nuestras peores pesadillas nos agoten y nos llenen de angustia y miedo del futuro. Estamos en esta disyuntiva histórica, como consecuencia del deslizamiento progresivo y constante hacia la hegemonía política, el irrespeto a los derechos humanos, el desprecio de los poderes públicos, el despilfarro administrativo y la ineptitud, de un gobernante, que, ungido por el seguro y confiable resultado de una votación democrática, por todos aceptada, se cree con patente de corzo para manipular con las leyes y los hombres las voluntades de un pueblo noble, bueno, pacífico y solidario.

Es de importancia vital luchar por el país que queremos. Dentro de la gama de acciones que cabe desplegar entre el cordero y el basilisco, esta la humana actitud de resistencia y rebeldía activa y pacífica, hasta lograr el privilegio de elegir nuevos gobernantes que cumplan con nuestro deseo de construir un estado generoso, democrático, respetuoso de las leyes, de la Constitución, la sociedad, el individuo, la economía, las ideas y su expresión libre y fluida, que proteja a los débiles, atienda a los enfermos, prevenga las situaciones de desgracia social, económica e individual, eduque a todos en la libertad y el respeto al conocimiento y a las ideas, y sienta orgullo de hacerlo, que valore los méritos en el trabajo y en la creación y generación de empleos y riqueza. Que sea, en fin, un estado para los individuos, sin distinciones de ningún tipo y que provea bienestar, libertades, respeto, seguridad física, equidad jurídica y salud a todos, por igual.

En la espera del resultado de nuestras acciones, seremos objeto de múltiples agresiones verbales y de hecho. El amedrentamiento y la presión de la descalificación, del insulto y de la calumnia, están diseñados para lograr que abandonemos nuestras posiciones. No podemos flejar. Firmes y sólidos en nuestra actitud. Sus argumentos se desmoronarán contra la roca de nuestra actitud moral. O es así, o será lo que no queremos.

Ya no son necesarias más pruebas de lo que será el futuro. El casi insensible paso de los cambios terribles que se han venido dando en el país, ha estado abrillantado por la ignominia, la indecencia, la humillación y la indignidad. El paso siguiente será el silencio obligado, el fin de la disensión pública.

Los psiquiatras, como servidores del individuo y factores de la sociedad, estamos en la doble e ineludible obligación de proteger y fomentar la salud mental del individuo, y no dejarnos manipular, por unos u otros, en el uso que se pretenda hacer de nuestra habilidad diagnóstica y descriptiva, para fines políticos, electorales, bélicos o de inmolación. Tenemos que guardarnos de no caer en la tentación de acusar con la psicopatología al enemigo de nuestras ideas, al oponente a nuestras acciones y, también, de procurar el equilibrio psíquico adecuado a aquellos que, por el temor y la angustia, extrapolen su sufrimiento a la sensitiva y referencial actitud defensiva, cargada de violencia y vacía de sentido común, que algunos pretenden. Ser psiquiatra puede significar aquí y ahora, brindar serenidad y sentido común.